PREVIO AL LIBRO

REPORTEAR LA SANGRE Y LAS VICTIMAS A LA LUZ DE LOS DERECHOS HUMANOS*

(Mi colaboración para el libro “Derecho a la libertad de expresión y ejercicio periodístico de la OACNUDH-México/ enero 2011)
Por Marcela Turati
 
“…Me lo dejaron deshecho, me lo mataron peor que a un perro… Vi cuando le dieron el disparo en la cabeza, quedé deshecha, desde que despertaba tomaba pastillas para dormir… Empezaron a darme toques en el cuerpo con las picanas, me golpeaban en el estómago, en las nalgas, me hicieron sangrar por el ano… Lo busco desde hace dos años: ya caminé toda la carretera federal, me asomé a todas las cunetas, me he metido a todos los callejones… No quiero hablar de ellos, se lastima mucho el corazón… Estuve tirado debajo de la cama, llorando con mis hermanitos… Me dijeron que aceptara cualquier cadáver que me ofrezcan, aunque no sea el de mi esposo, para tener dónde llorarle… Por fuera nos verá normal, por dentro el dolor es interminable, No hay día que no lloremos: La vida se paró…”
Ésas son algunas voces de las víctimas de la violencia mexicana, de nuestra guerra doméstica que se libra en las calles. Ahí está el testimonio de la madre de un muchacho asesinado con varios amigos en una espantosa masacre; de la esposa que vio cómo “unos mocosos” mataban a su esposo, y cuyo dolor la llevó a olvidarse de sí y de sus hijos; del joven torturado en un cuartel militar para que confesara quién le vende droga; de la anciana madre de tres albañiles asesinados que quedó lastimada del alma y en la miseria; del niño que pasó horas escondidoen su casa, pecho tierra, mientras se desarrollaba una balacera en la calle; de la madre de un estudiante desaparecido cuyos restos halló en una ‘narcofosa’; de las esposas de los policías desaparecidos por narcotraficantes.
Esa pesada carga de dolor guardan los testimonios que los reporteros recogemos en nuestra cobertura diaria desde que el país se convirtió en un campo de batalla.
Los periodistas compilamos esas constancias del dolor con los mismos recursos con los que antes cubrimos los efectos de algunas tragedias naturales o hechos de violencia aislados, y quizás con el aturdimiento de quien no entiende lo que pasa. Analfabetas a los nuevos códigos de sangre donde exterminar al otro es la meta, donde la saña es el mensaje y se expresa a través de cuerposdecapitados, calcinados, desaparecidos, disueltos en ácido, levantados, ejecutados, masacrados, degollados, encajuelados, torturados, enteipadosmasacrados. Son tiempos en los que la vida humana vale lo que una bolsa de basura y se amontonan pilas de muertos a cuenta de una guerra que a todos nos salpica.
La emergencia nos obligó a improvisar la cobertura de la mejor manera que pudimos.
Empezamos con el conteo de muertos, que en las redacciones llamamos “el ejecutómetro”, con el que los reporteros de la fuente policiaca dan cuenta, mediante estadísticas, de la tormenta de sangre.
Cuando la violencia golpea como tsunami –muertos por aquí, desaparecidos allá, sumas de heridos, huérfanos, viudas, desplazados, carros-bomba, descuartizados, masacres en serie, enfrentamientos callejeros– la dinámica de las noticias nos lleva a salir de la redacción para ‘cronicar el horror’. Es el momento de acudir a la escena del crimen, entrevistar a testigos o sobrevivientes, buscar el parte oficial, acudir a los velorios, pescar datos de los muertos para confeccionar una escueta biografía de las víctimas, un recuento de los hechos y convertirlo en información.
Pero cuando la pila de muertos se vuelve infinita, cuando cada masacre se parece a la anterior, cuando seis noticias terribles compiten por la primera plana, tenemos que hacer una cobertura distinta a la reactiva. Tenemos entonces la opción de retomar la agenda, quitársela a los violentos que la fijan, para devolverle sentido a la vida, dignidad a las víctimas y poder a los ciudadanos. Esto es: alumbrar lo que ocurre con la luz de los derechos humanos.
Ciertamente no se trata de maquillar la realidad o minimizarla para agradar a quienes culpan a los periodistas de las malas noticias. La gente tiene derecho a saber lo que ocurre y nosotros tenemos la misión de informarle. Un mismo noticiero puede dar cuenta de una nueva matanza en Ciudad Juárez con 14 jóvenes muertos y 19 heridos, y otros 13 en un centro de rehabilitación en Tijuana; tiroteos en tres ciudades con más de una docena de muertos; el asesinato de un jefe de la policía, de un líder social y de dos estadounidenses porque todo eso ocurre en un día.
Sin embargo, algo más allá de lo reactivo se puede hacer, como planteó en su momento el escritor Juan Villoro: “¿Hasta qué punto podemos ser cómplices del narcotráfico al exhibir sus atrocidades sin oponer otro tipo de respuesta o de discurso? Es tan veloz el ejercicio del narcotráfico y son tan cruentas sus acciones, que vamos nosotros siguiendo la noticia sin poder construir un discurso más esperanzador”.
 ¿Se puede hacer una cobertura periodística responsable que tenga a los derechos humanos como carta de navegación? Sí, pero hacerlo es un ejercicio complicado que se diseña cada día, al calor de la nueva emergencia, y llevarla a buen término requiere constante entrenamiento, técnica, tener la mirada educada, saber a leer los procesos, construir un discurso distinto, aprender a resistir el miedo que todo lo destruye y que enmohece la indignación y la esperanza.
Los puntos que escribiré a continuación son apenas unas sugerencias, reflexiones aún inacabadas y siempre a prueba, de cómo podemos realizar una cobertura distinta, a contracorriente, comprometida con los ciudadanos y con conciencia ética.
*DAR ROSTRO A LOS MUERTOS
“Camino por mi ciudad, pisando, pisando muertos… Préstame tu celular que voy a fotografiar un titipuchal de muertos…” (Poema de Arminé Arjona)
Los muertos de los que da cuenta la estadística no son cifras, eran personas, tenían una historia. Muchas veces eran el sostén de una familia que los extraña pero se convirtieron en un sueño inconcluso, en una página a media escritura, cuando fueron asesinados. Como periodistas debemos rescatar sus biografías de la fosa común donde todos los cuerpos –por ahora, más de 40 mil—son arrojados y responder a la pregunta de quiénes nos hacen falta, qué edades tenían, cuál era su biografía, por qué su ausencia nos tiene que doler a todos.
Un ejemplo de este ejercicio de rescate de la memoria y de rebeldía ante el anonimato es el altar virtual http://www.72migrantes.com, que recupera las historias de los migrantes centro y sudamericanos asesinados en Tamaulipas porque, como uno de los autores escribió: “el horror anónimo es una abstracción que obstaculiza la empatía y la solidaridad”. Nadie puede solidarizarse con un número, sólo con un igual.
Si llevamos una bitácora de vidas perdidas descubriremos patrones que nos ayudarán a entender y a explicar quiénes mueren: si es realmente esa generación de jóvenes con un mismo trazo de carencias desde la infancia, a quienes se negó el estudio y el trabajo, y que encontraron las pandillas o el narcotráfico como única puerta de salida.
A partir del patrón detectado podemos indagar qué tenían en común, qué políticas públicas se requieren para evitar esa sangría demográfica o para atender a sus familiares.
*BUEN NOMBRE, JUSTICIA, MEMORIA Y VERDAD
“Le apuesto que si a usted le mataran a un hijo hasta por debajo de las piedras buscaría al asesino, pero como yo no tengo los recursos no lo puedo buscar… ¡Póngase en mi lugar a ver que estoy sintiendo, si ya no tengo a mis hijos!” (Luz María Dávila, madre de dos jóvenes asesinados en Villas de Salvárcar, al dirigirse al presidente Felipe Calderón)
En el antiguo derecho romano existía una oscura figura, el Homo Sacer, que permitía los asesinatos de ciertas personas a cuyos verdugos se les garantizaba impunidad. Para el historiador Ilán Semo esa figura se reedita en estos tiempos en los que los muertos quedan a cuenta de la guerra y son merecedores de su trágico destino. Se piensa que si los mataron “en algo andarían”; por ese discurso el asesinato no se investiga.
Sin embargo, en los estados democráticos toda persona tiene derecho a que se investigue la circunstancia de su muerte y a obtener justicia. Los muertos inocentes tienen derecho a conservar su buen nombre, a que se les guarde memoria, a la reparación del daño. Sin acceso a la verdad y a la justicia, sus familias quedan marcadas, vivirán con el estigma de tener un pariente “ejecutado” y allgunas alimentarán el ciclo del odio propagado con el combustible de la impunidad.
La función de los periodistas es indagar los hechos, recuperar nombres y dignidades, fiscalizar el sistema de justicia y denunciar sus omisiones e irregularidades.
*VIOLACION SISTEMATICA DE DERECHOS
“Qué bueno que vinieron, ya no salíamos a la calle, nos la pasábamos debajo de la cama” (habitante del Valle de Juárez a la Policía Federal)
El Estado mexicano está comprometido a cuidar a sus ciudadanos y velar por su felicidad, garantizando nuestros derechos fundamentales, especialmente el de la vida.
La violencia del narcotráfico ha provocado una violación masiva y sistemática de derechos humanos: a la vida, la seguridad, la educación, el empleo, el libre tránsito, el juego, la libertad, a un juicio justo… Los culpables de la desgracia no son únicamente los criminales, el Estado es corresponsable por renunciar a sus obligaciones y fallar por omisión.
Como periodistas-vigilantes de la democracia no podemos aceptar la violencia y sus estragos con la fatalidad con que se acepta un desastre natural, ya que hay políticas que funcionan mejor o peor que otras para reducirla, sistemas de seguridad que dan mejores o peores resultados, derechos que deben garantizarse y el Estado cuenta con instrumentos para hacerlo.
Cuando no conocemos nuestros derechos difícilmente notaremos si éstos son violados. Ante cada situación que nos toque reportear podemos preguntarnos antes: ¿Qué derechos se violaron en este caso? ¿A qué está comprometido el Estado mexicano? ¿Cómo puedo visualizar en la nota la responsabilidad del Estado? ¿Cómo contrarrestar la impunidad?, e incorporar a nuestras notas las respuestas a esas dudas.
*SUMAR EL COMPONENTE SOCIAL
“Tratar de entender de manera separada los fenómenos de la violencia y la desigualdad se vuelve inútil después de mucho tiempo, porque finalmente son como dos árboles cuyas raíces se entrelazan ” (Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín)
Si toda la información que manejamos proviene de fuentes policiacas o de la declaración de funcionarios, nuestra cobertura no es de calidad. La violencia debe ser cubierta desde la mirada de distintas disciplinas que nos ayuden a enriquecer el entendimiento del problema y a apuntalar los planes de emergencia que el gobierno debe implementar ante la catástrofe social –como los planes que se activan durante los desastres naturales.
Si cubrimos la violencia desde la perspectiva de la salud, por ejemplo, algunos de los reportajes posibles podrían responder a: ¿Qué problemas de salud pública se genera o se soluciona si se legaliza la droga? ¿Qué pasa al sistema de salud al dar atención a tanto baleado? ¿El presupuesto alcanza, el personal está especializado para hacer frente al fenómeno? ¿En qué ciudades o pueblos hay desabasto de médicos? ¿Quién preveé la salud en los pueblos chicos dominados por un capo de la droga?
Al mirar los temas desde otros ángulos –religioso, económico, migratorio, ecológico, educativo, sanitario— podemos reflexionar la sociedad que tenemos y tocar problemas fundamentales. Es parecido al oficio de los arqueólogos que excavan, unen piezas, suman teorías, reconstruyen pasados, forman esqueletos.
Periodistas colombianos como María Teresa Ronderos consideran que el narcotráfico potenció problemas sociales previos y respondió a un vacío, no nació por generación espontánea o de unos cuantos. “Es un problema social, colectivo, extendido, y como tal hay que abordarlo”.
En una charla con periodistas mexicanos Ronderos lanzó ideas sobre cómo podemos construir una agenda social relacionada con el narcotráfico, que de cuenta de esos vicios de origen como: “¿Quién educó a los narcos? ¿Tuvieron oportunidades en sus lugares de origen? ¿Cuáles son las historias de los barrios más violentos? ¿En esas zonas los niños desertan de la primaria? ¿Qué quieren ser cuando crezcan? ¿Por qué la escuela no los retiene? ¿Qué tienen que decir Los Zetas de la falta de oportunidades, o del acceso a la educación, o de ascenso social? ¿De dónde viene la bronca de esta gente, por qué la saña, por qué necesitan demostrar su autoridad? ¿Su enojo es una rabia de clase? ¿Tienen una historia distinta a los policías que matan?”. La idea no es justificarlos, sino entender las raíces de fondo, ocultas, que no se ven pero que ayudan a incubar el problema.
Apéndice: Aunque la violencia es estruendosa y obliga a voltear a verla, no podemos dejar que la agenda de nuestros medios se narcotice. Tenemos que seguir cubriendo lo que ocurre (a nivel social, político, económico) para evitar que otros poderes se aprovechen de que nuestra mirada está puesta en la violencia y, por esa falta de vigilancia, perjudiquen a los ciudadanos.
*INDEPENDENCIA ANTE LOS VIOLENTOS
“Mi ciudad está sufriendo y lo que necesita es paz, las calles están manchadas de sangre, desempleados terminan robando y no por el gusto más bien por el hambre, mientras que las mafias se disputan por la plaza un cuerpo es encontrado ejecutado a dos cuadras de mi casa” (Letra de rap de McCrimen)
El discurso oficial y el de los delincuentes atrapa a la sociedad en un espiral violento y nos arrastra a sus trincheras. Nuestro deber es mantenernos neutrales sin hacer juego a los términos fáciles, estigmatizadores, con los que evadimos nuestras responsabilidades.
Si asumimos, por ejemplo, que las víctimas inocentes son ‘bajas colaterales’ reforzamos la idea de que pagaron con su vida una cuota de sangre –inevitable– para que tengamos seguridad; si a los muertos los llamamos ‘caídos’ los convertimos en combatientes; si aceptamos que los detenidos que nos presentan son todos ‘narcos’ obviamos el trámite de que sean juzgados en un juicio porque nosotros ya los condenamos y tampoco ayudamos a distinguir las responsabilidades diferenciadas que tiene un sicario, un cultivador de amapola, un narcomenudista o un capo.
Tampoco podemos asumir como propio el lenguaje mafioso porque normalizamos sus acciones. Si empleamos el verbo ‘sicarear’ legitimamos que la acción de matar se convierta en oficio, hablar de la ‘cuota’ con naturalidad alienta la resignación, señalar que ‘se calentó la plaza’ nos acerca a intereses ajenos.
Cierto que algunas veces el lenguaje del narcotráfico nombró fenómenos que antes no supimos explicar, como el ‘levantón’, pero si empleamos esas palabras y no las acompañamos de una explicación que nos desmarque de su uso estamos haciendo concesiones a los violentos y normalizando su lenguaje.
El acto de elegir cada palabra debe ser reflexionado, ético, responsable, ya que con nuestro oficio abonamos a la domesticación de términos y de conceptos. Debemos huir del lenguaje que estigmatiza a los colectivos, como la asociación que hacemos de jóvenes, pobres y desempleados como si fueran sinónimo de peligro. O si los muertos eran jóvenes que estaban en una fiesta, eran pandilleros. Si la masacre ocurrió en un centro de rehabilitación, se lo merecían. Si estaban tatuados, eran culpables. Quien fue asesinado, en algo malo andaba.
*DELIMITAR LA VIOLENCIA
“El narcotráfico estimula el ejercicio de la crueldad. El contagio de la violencia no se produce por los programas de televisión (en todo caso ahí se aprenden estilos de teatralizar la delincuencia) sino por el abatimiento del valor de la vida humana que el narco genera” (Carlos Monsiváis)
Cada asesinato ocurre varias veces: la primera, cuando la persona es asesinada y queda tendida en la calle; las siguientes, cuando la imagen de su muerte es reproducida a todas horas en los noticieros.
La exposición a la hiper-violencia de los cárteles de la droga que pretenden inscribirse en el récord Guiness de los asesinatos logra que nos enfermemos, inocula en todos el virus del miedo, siembra desconfianza en las comunidades, rompe redes sociales, provoca el abandono de los espacios públicos. Lo más fácil sería cerrar los ojos a la realidad y dejar de informar sobre el fenómeno.
Sin embargo, tenemos opciones: podemos servir la violencia cruda a la mesa o cocinada con distintos ingredientes que nos ayuden a delimitarla, dimensionarla, encuadrarla en un marco, meterla a una mesa de disección, estudiar sus mecanismos, conocer sus resortes y sus alcances, hasta lograr entenderla para impedir que nos paralice.
Si la mapeamos (¿Dónde ocurren los asesinatos? ¿En que municipio, ciudad, calle? ¿A qué hora? ¿Quiénes son las víctimas? ¿En qué fecha del año? ¿Está relacionada con algún hecho?) podríamos comenzar a delimitarla geográficamente y sus patrones de comportamiento. Si la dimensionamos, la contrastamos y la diseccionamos (¿En qué otros conflictos han muerto 40 mil personas? ¿Qué significa perder tanta gente? ¿Quiénes mueren? ¿Eso que implica?) podríamos digerirla mejor.
Un ejemplo nos lo puso el investigador Eduardo Guerrero Gutiérrez que encontró que los picos de violencia en el país estaban relacionadas con dos situaciones: la muerte de un capo y la captura de otro. Estos hallazgos podrían lograr la discusión de la estrategia gubernamental (¿Y si en lugar de descabezar cárteles nos enfocáramos a desmantelar sus redes financieras, sus proveedores logísticos, sus centros de acopio o de transporte no se salvarían más vidas?).
Los datos duros, el mapeo de la violencia y su reconstrucción genealógica sirven para darle elementos a la gente para que reflexione, encuentre salidas posibles, exija que se empleen las mejores medidas y coloque al miedo en el lugar que le corresponde.
*DAR MICROFONO A LAS VICTIMAS
“¿Por qué lo hicieron así si no fue culpable? No queremos que manchen su memoria, mis hijos no eran narcos, estos eran pobre-humilde, si sacan 70 pesos no era mucho, iban a regresar a celebrar la Virgen” (Nicolasa Pólito, madre de tres de los albañiles asesinados en La Marquesa)
Por deformación profesional, los comunicadores estamos acostumbrados a dar el micrófono a los poderosos, a los vencedores, a las élites. Lo mismo ocurre en el tema del narcotráfico: los violentos acaparan los espacios, sus víctimas no caben aunque son las protagonistas.
Una víctima es toda persona que ha sufrido lesiones físicas o mentales, sufrimiento emocional, pérdidas económicas o incluso la pérdida de la vida, por acción u omisión de otros, así como su familia directa, incluso su comunidad y todos los que han sido afectados de alguna forma.
En conflictos armados, como el mexicano, abundan las víctimas y tenemos la obligación de buscarlas porque su sufrimiento concierne a la sociedad entera. En la cobertura hay que evitar representarlas siempre como víctimas indefensas, carentes de opciones y de derechos, para no construirles esa fachada como única imagen. Habrá algunas personas que se sientan así, pero también hay víctimas de otra talante que tomaron el timón de su desgracia y, a contracorriente, exigen que sus derechos les sean restituidos y a quienes, como opción ética, debemos visibilizar.
No hay recetas para entrevistar a las víctimas, menos cuando tienen el ataúd del ser querido en la sala o el recuerdo de la pesadilla les punza como una herida abierta. Algunas veces las personas necesitan hablar del muerto, contar la injusticia, exigir castigo a los culpables o protección al Estado. Otras veces la depresión o el miedo son superiores por lo que prefieren mantener su silencio. Algunas perciben a los periodistas como buitres perseguidores de la desgracia ajena y reaccionan con violencia cuando alguno se acerca.
Ellas tienen el derecho a hablar o a callar su dolor.
Sea cual fuere el caso hay que acercarse a las víctimas con sensibilidad (como si se tratara de un miembro de nuestra propia familia), no indagar en los detalles que no amplíen la información y que sólo agranden la herida, mantenerse respetuoso de lo que quieran relatar, en la dosis que quieran, a su tiempo, sin presión. Nuestra tarea no será reconstruir para narrar el horror sino para dar claves del grado de afectación que sufren y de cuál podría ser el camino de su recuperación.
Aunque estemos conmovidos debemos buscar otros testimonios o pruebas que avalen los hechos que nos mencionan porque nuestro papel consiste en reconstruir la verdad más apegada a la realidad.
En algunos casos es recomendable esperar a que las víctimas tomen una terapia o inicien su proceso de duelo porque hasta ese momento podrán expresarse. A las personas más vulnerables a volver a ser victimizadas habrá que recordarles las posibles consecuencias que su testimonio podría tener para que ellas decidan si están en capacidad de asumir las consecuencias. Otras veces podemos acercarlas a alguna organización que pueda respaldarlas. Y, cuando el caso lo requiera, debemos reservar su identidad y modificar algunos detalles para que no sean reconocidos por sus verdugos a través de nuestra información.
Si se trata de  infantes traspasados por la violencia debemos abordarlos cuando estén acompañados de un adulto de su confianza que pueda contenerlos. La mejor manera que he encontrado para acercarme a niños y niñas es pidiéndoles que me platiquen sus sueños o muestren sus dibujos, que comenten qué parte del cuerpo les duele, en entrevistas no inquisitorias ni agresivas donde me presento como periodista. Si lloran, podemos abrazarlos, cantar juntos, contar una historia que pueda aliviarlos.
Tocar el dolor ajeno es una tarea delicada para la que debemos prepararnos. Muchas veces los entrevistados llorarán y tenemos que saber leer (o preguntar) si requiere desahogarse o si es mejor parar la entrevista.
Recuerdo a una señora de Juárez cuyo hijo murió por torturas de militares a quienes nunca denunció y que nunca había contado lo ocurrido, pero al final de la charla –todavía llorosa– ella misma se alegraba por haber podido vencer el miedo a hablar en memoria de su hijo.
*DAR SENTIDO AL DOLOR
“La gente está colapsada, encerrada en su casa. Cuando vamos a buscarlas descubrimos a los niños fuera de control, con mucho coraje, depresión y Nintendo, los chavos reprobando la escuela, la mamá y los abuelos en ataque de nervios. Están colapsados o pensando sólo en la venganza” (Dora Dávila, terapeuta juarense)
Llega un momento en que la anécdota individual se agota y que la sociedad no está dispuesta a seguir tragedias personales. Eso indica que es momento de trascender los testimonios y de sumar las tragedias individuales para darles la dimensión de fenómeno social.
Se puede dar sentido al dolor construyendo la trama social oculta en las historias individuales, demostrando que el sufrimiento que padece una persona lo padecen muchas otras, encontrando patrones a la tragedia. Pero para lograrlo se requiere armar archivos, coleccionar noticias y construir bases de datos que nos permitan sacar patrones de estas violaciones masivas a los derechos humanos.
Al diferenciar el riesgo por sectores podemos construir reportajes que revelen distintas aristas del problema, como la violencia sexual que sufren mujeres en territorio narco, el destino de los sacerdotes que han resultado incómodos, los programas sociales suspendidos por tanto médico o maestro que se rehúsa a ser trasladado a zonas de riesgo, los métodos de autocuidado implementado en los centros de rehabilitación de adicciones para repeler masacres, el sufrimiento de los cultivadores de amapola…
Hasta ese momento podremos mostrar cómo le afecta la situación a cada colectivo y cómo la enfrenta, generar nuevas propuestas de abordaje, mantener la atención de la sociedad hacia lo que ocurre a las víctimas y abonar a la creación de políticas públicas que las atiendan.
 
*ADELANTARSE A LO QUE SIGUE
“Si no se atiende a todos esos hijos de hombres asesinados, el victimario entrará en el sistema familiar, la familia pensará todo el tiempo en la justicia o en la venganza” (Teresa Almada, socióloga)
Cada vez que un huracán azota tierra sabemos por dónde debemos empezar a cubrir: el plano general de la devastación, las víctimas atrapadas que piden ayuda, la situación en los hospitales desbordados; en la siguiente etapa: los rescates de los sobrevivientes, el sepultamiento de los muertos, la dotación de agua y comida; en una posterior: los riesgos de epídemias, las fallas logísticas de la entrega de víveres, la revisión de las causas, la negligencia que contribuyó a que se perdieran vidas, los capitalizadotes de la desgracia, si las promesas de ayuda se materializan.
A grandes rasgos, así ese es el proceso.
El conflicto armado mexicano nos tomó desprevenidos, sin embargo, podemos adelantarnos a lo que ocurrirá estudiando lo que pasó en otros países con conflictos similares. En el nuestro, además de cubrir los episodios de violencia, debemos estar atentos a los que sabemos que serán afectados obvios (los huérfanos, las viudas, los lisiados) y a los fenómenos menos visibles como los exilios por miedo, las nuevas enfermedades mentales, la silenciosa acumulación de personas desaparecidas, el desplome económico. La noticia debe abordar las distintas dimensiones del ser humano tocadas por la violencia a nivel personal, familiar, social, espiritual, emocional, psicológico, económico, comunitario.
Pero sólo lograremos adelantarnos si tenemos suficiente contexto y si cada tanto hacemos un alto en la cobertura, tomamos distancia de la situación y pensamos qué sigue.
*VISIBILIZAR A LOS QUE RESISTEN
“Ya me advirtieron que me van a mochar la lengua por andar hablando de más, pero no tengo miedo. Hace cuatro meses me mataron con mi hijo y a mí me mataron con él” (Gloria Lozano, madre de un joven masacrado en Creel)
Desde aquella tarde que Gloria vio a su hijo adolescente agujerado en un terreno baldío junto a los demás jóvenes víctimas de los sicarios, esá tarde que se lo llevó a su casa para limpiarlo y llorarlo, ni ella ni el resto de familias dejaron de exigirle al gobierno que hiciera justicia. En su lucha bloquearon carreteras, realizaron marchas, arrastraron ataúdes por las calles, suspendieron actos gubernamentales, investigaron por cuenta propia, tomaron casetas, detuvieron un tren, tapizaron los comercios con los carteles oficiales que ofrecían recompensa por los sicarios y encararon al gobernador, al alcalde y a cuanta autoridad policiaca se asomara por este lugar.
Los conflictos armados generan siempre víctimas, verdugos y mezquinos que aprovechan la desgracia. Y también héroes. Como periodistas tenemos que estar atentos para detectar los momentos en que los ciudadanos se organizan, pierden el miedo, intentan retomar las riendas de su destino y resisten con dignidad. No hay lugar donde no surjan colectivos de madres en busca de sus hijos desaparecidos, familias unidas en la investigación del asesinato de sus miembros, estudiantes conectados a través de tuiter que se oponen a la situación, artistas que salen a la calle con misión de recuperar los espacios públicos.
Al visibilizar sus actividades (ojo, cuidando no ponerlos en riesgo) abrimos una ventana de esperanza en momentos en los que pareciera que no queda más que esperar. Con esas historias logramos que la población recupere la autoestima, se reconcilie con su situación, busque a otros para trabajar en colectivo y damos otro rostro de las víctimas como individuos que, pese a la tragedia, no están vencidos.
*ENTENDER A CADA ACTOR
“Tienen que averiguar qué es lo que enmascara la sociedad mexicana para encerrar en su seno tanta violencia. No es posible que tanta violencia y que criminales tan sádicos, tan imaginativamente sádicos hayan surgido de pronto en el panorama mexicano. Algo esconde la sociedad mexicana que los fue incubando durante años y años” (periodista Jon Lee Anderson)
Con nuestras entrevistas –a académicos, políticos, oenegeístas, investigadores o actores del fenómeno– buscamos entender las costuras del conflicto (los que resisten por qué lo hacen, cómo se incuban los malos, cuáles son los resortes que activan la violencia, cómo se nutre la potencia homicida) para poder explicarlo.
No podemos vetar a alguno de los actores del conflicto por cuestiones patrióticas porque éso nos impedirá entender lo que pasa. Debemos entrevistar los verdugo para conocer sus motivaciones, su  circunstancia, las opciones tomadas hasta convertirse en lo que es hoy. Sin embargo, cuidando los límites de la profesionalidad. A los violentos hay que confrontarlos con sus actos, con el dolor causado, cuidando de no servirles de voceros que trascriben sólo lo que quieren que se sepa. Es preciso humanizar a los criminales pero presentándolos en sus fallas y virtudes, en su horror y su discurso.
El marcaje personal también debe hacerse a las personas que lucran con la violencia, a los que ganan y hacen negocio con el dolor ajeno, porque muchas veces estos actores arrojan combustible a la muerte y usan su poder para que la destrucción continúe.
Los tomadores de decisiones y sus motivaciones también tienen que estar en nuestra mira. Debemos entrevistarlos para entender su lógica pero sin convertirnos en sus propagandistas. Darle el peso que requieren sus declaraciones y contrastando sus decisiones con sus resultados –buenos o malos— y los efectos sociales causados.
Por otra parte, periodistas, activistas sociales y defensores de derechos humanos deben tener una cobertura especial de nuestra parte, por ser pilares de la democracia, ya que cuando se silencia a uno de ellos, se silencia a la sociedad entera.
*ESTRATEGIAS DE AUTOCUIDADO
“Me rehusé a viajar a Ciudad Juárez porque en mi periódico no me brindan seguro de vida ni seguro social” (periodista anónimo)
Un periodista que perdió sensibilidad y se siente anestesiado ante la violencia que palpa, difícilmente podrá transmitir el dolor de las víctimas. No se trata de llorar siempre con las víctimas, pero sí de tener conciencia de su sufrimiento para poder transmitirlo.
Cuando se pierde la empatía con los que sufren y todo nos da igual es necesario hacer una pausa en el trabajo, cambiarse momentáneamente de asignación, tomar vacaciones o distancia para examinarse internamente y clarificar si necesitamos ayuda para limpiarnos el alma. Hay momentos en que requerimos tratar los daños emocionales que podrían habernos causado la exposición a tanta violencia que nos hizo perder la sensibilidad y la empatía y que podrían afectar nuestra vida personal.
El descanso y la toma de distancia son necesarios cada cierto tiempo para revisar las antenas que nos mantienen a salvo de las situaciones extremas, para detectar los puntos ciegos que nos hacen confiarnos en coberturas peligrosas, para checar si tenemos bien establecidos los límites que nos ayudan a salvar el pellejo o si el hartazgo nos está conduciendo a elaborar notas irresponsables.
En la situación actual, es una obligación capacitarse en medidas de protección para reducir los riesgos (físicos, emocionales y mentales) propios a la profesión y exigir a la empresa para la que uno trabaja y al Estado que brinde todos los recursos posibles para garantizar nuestra seguridad. Es su deber proporcionarlo.
Cada periodistas preocupado por el autocuidado está cuidando también la información y el derecho de los ciudadanos a estar informados.
 
*TRASNACIONALIZAR LAS POSIBLES SOLUCIONES
“En 1992 juntamos un millón de firmas para exigir al Congreso que los bienes confiscados a la mafia sean de uso social, y construimos cooperativas sociales” (Tonio Dell’Olio, de la organización antimafia Líbera)
Así como los cárteles mafiosos se internacionalizan, buscan aliados por el mundo para seguir haciendo negocios y trasnacionalizan sus conocimientos, de la misma manera los ciudadanos deberíamos comunicarnos para aprender estrategias que en otros lugares han servido para mantener tras la raya a los mafiosos.
Los periodistas somos clave en este proceso ya que con la información que divulgamos podemos divulgar las estrategias que han dado resultado en otros países para empoderar a los ciudadanos, para depurar al gobierno de funcionarios corruptos, para establecer la cultura de la legalidad, para cerrarle el paso a los mafiosos.
Si estudiamos los casos exitosos, entrevistamos a los actores que provocaron los cambios en otros lugares y damos a conocer esta información, estaremos colaborando a quitarle a la gente la parálisis del miedo,  a ayudarle a entender lo que ocurre y brindaremos herramientas para la construcción de un mañana distinto. Que eso, a fin de cuentas, es lo que buscamos.
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